domingo, 27 de marzo de 2011

El Fénix y la belleza interior

Un buen día estás jugando con tus amigos, como has hecho tantas veces, al trompo, a las canicas o al fútbol en una era con dos piedras como portería y al día siguiente todo eso es aburrido (todo menos el fútbol, claro) y lo único que importa son las chicas. No sé qué mecanismo genético u hormonal se pone en marcha de repente que hasta la autoafirmación de los chicos depende de ir o no con chicas. Y hablo en plural pues nuestra inseguridad como individuos era tal que teníamos que refugiarnos en el colectivo. Éramos los que éramos y hablo de nosotros, nuestro grupo en el secarral, algunos de los cuales seguimos siendo amigos desde entonces.

Comenzamos a juntarnos con la cuadrilla de la Sobrina. Pero aquello fue un espejismo. Era final de verano y no eran todas las que estaban (las que estaban eran amigas de y estaban muy bien) ni estaban las que eran (las que eran no estaban tan bien). Así que, cuando estuvieron las que eran, pues nos portamos de una manera un tanto desagradable. Estábamos a punto de descubrir lo de la belleza interior pero sólo a punto. Aún nos quedaba un poco. Además, a nosotros quienes nos gustaban de verdad eran las Pepas. También estaban las Curras, pero eran muy sosas. Se sentaban con nosotros (el escenario de casi toda esta entrada eran los bancos del parque y el paseo) y se callaban. Sólo sabían decir –contadnos algo. Y nos sentíamos algo así como humoristas actuando. Las Pepas no. Las Pepas eran autosuficientes. Las Pepas pasaban de nosotros. Por eso nos gustaban. Cuando quedábamos con ellas nunca venían. Si nos encontrábamos con ellas se terminaba produciendo el fenómeno de la mitosis. Estábamos en círculo, con nosotros intercalados entre ellas. Cuando nos queríamos dar cuenta empezaban a moverse de tal manera que acabábamos nosotros solos en nuestra posición del círculo y ellas al lado charlando entre sí. Pero nos gustaban. Dos minutos con ellas valían más que dos tardes con las Curras. Y nos daba conversación para dos días. Porque a todos nos gustaba alguna. Y si nosotros les gustábamos a alguna lo disimulaban perfectamente. Qué mala es esa edad.

Hicimos equipo de fútbol-sala aquel verano para jugar la liga de juveniles o cadetes. Liga de pequeños, vamos. Nos llamábamos el Fénix. No teníamos nombre, así que, cuando fuimos a inscribir al equipo, abrimos un periódico por una página al azar y alguien con los ojos cerrados puso el dedo sobre un anuncio de “La Unión y el Fénix”. Menos mal que no abrimos el periódico por la sección de contactos. Aquella liga era, como hubiese dicho Bill Shankly, no cuestión de vida o muerte sino algo mucho más importante (eso es algo que ocurrió en todos los años que jugué al fútbol-sala, y fueron muchos). Hicimos una primera vuelta regular y una segunda vuelta espectacular. En el último partido nos jugábamos ser segundos (los primeros eran un equipo de tíos de dieciocho años. Nosotros teníamos unos cuantos menos) y aquello nos tuvo varias noches sin dormir por la tensión. Les contamos a las Pepas un millón de veces la enorme trascendencia de aquel partido y lo importante que sería para nosotros que viniesen a vernos (y así, de paso, venía alguien pues ni nuestros padres se acercaban. Con el calor que hacía). Empezó el partido. Allí no había nadie. El partido era muy igualado. A mitad del primer tiempo las vimos aparecer. Se sentaron en un lateral y se pusieron a charlar comiendo pipas. Ni miraban el partido. Daba igual. Nuestra motivación se multiplicó por mil millones. Me río de los vídeos y las cancioncitas de Guardiola. El partido siguió igualado. Íbamos empate. Estaba a punto de terminar. Robé un balón en medio campo, hice la pared y me vi solo frente al portero. No apuré. Tal como éste comenzó a salir le tiré ajustado al palo. Gol. Golazo. En aquella época los goles se festejaban de manera racial y viril y todavía nadie se besaba el anular, ni señalaba al público, ni hacía corazoncitos con las manos, ni se besaba el tatuaje ni ninguna de esas mariconadas. Saltos, carreras, gritos, abrazos y montonera. Cuando nos levantamos me giré hacia ellas. No estaban. Se habían ido. Acababa de marcar el gol de mi vida y las muy zorras se habían ido. Terminó el partido. Ganamos. Éramos segundos. Y nos fuimos a buscarlas para contárselo. Lo del orgullo lo aprendimos el mismo día que lo de la belleza interior. Todavía nos quedaba un poco.

12 comentarios:

Elvis dijo...

Creo que para llegar a la belleza interior hay que pelarlas jajaja
Al menos aparecieron en el momento oportuno para motivaros...
Buena entrada, saludos cordiales.

Álex dijo...

"Acababa de marcar el gol de mi vida y las muy zorras se habían ido".

Hay gente premiada que nunca sería capaz de escribir una frase que diga tanto en tan poco espacio.

Y sí, es curioso cómo llega un momento en el que descubrimos a las tías y dejamos de lado todas las diversiones (canicas, peonza, chapas, cromos...) salvo el fútbol. Fuimos capaces de aprender a bailar la Macarena sólo para rozar teta (sí, soy más joven que tú), pero cuando había un partido serio éramos nosotros los que las dejábamos (y seguimos dejando) plantadas.

el Sr. Skywalker dijo...

Hoy sí que hay moraleja ¿no?
Sería algo así como:
Mujeres; nunca están cuando las necesitas.
O ésta otra:
Quién quiere chicas teniendo buenos amigos.

Te voy a contar un secreto, Impenitente:
La primera vez que quedé con una chica para dar un paseo, la dejé plantada porque había perdido mi Airgamboy favorito. ¡Y me fui a buscarlo!

Peri Lope dijo...

Me consta que el librero era malísimo jugando al fútbol y, para más inri, su equipo era uno de los peores de la liga. La experiencia más parecida a la tuya fue la de una mañana en la que, extraordinariamente, iban ganando uno de sus partidos (1-0) y en cinco minutos recibieron dos goles. Menos mal que ni chicas ni padres. Aún así lloró de lo lindo.

Juan Rodríguez Millán dijo...

Esto es el potencial guión de un corto ganador de un Oscar, lo sabes, ¿verdad...?

Yo era portero, pro sólo jugué en el equipo de la Liga Interna de la facultad. Y lo pongo en mayúsculas porque, aunque era un cachondeo, el doblete de Liga y Copa que hicimos en el segundo años es mi mejor momento de universitario. Y no. No venían chicas a vernos. Eso lo explica todo...

GARRATY dijo...

Yo tuve mi momento de gloria en el Instituto. Ganamos un torneo de futbito con penaltis en la final y marcando yo el último. Además había metido el gol que nos daba el pase a la final. Todo el instituto estaba allí para verlo pero no supuso ninguna mejora en mi paupérrima popularidad entre ellas. Nunca han sabido apreciar la gloria anónima.

El Impenitente dijo...

Bienvenido, Elvis. Alguien con ese nombre (sobre todo si va seguido de Aaron) siempre es bien hallado en este blog. Devolveré visita a no mucho tardar.

Una vez bailé la Macarena, Álex. Fue en Albacete, en una boda. No había fútbol aquel día y una cosa llevó a la otra. Y si llegan a haber puesto "Los pajaritos" también lo hubiese bailado. Y la danza del vientre. Qué pedal.

La moraleja de hoy, Mr. Skywalker, la sacamos de esa maravillosa película que es "Beautiful girls".

-¿Siempre le dais tanta impostancia a las mujeres?
-Sólo hasta que empieza la temporada de beisbol.

Volvemos Peri Lope al tema de la belleza en la tristeza. Hermosa estampa tuvo que ser la del librero en su desesperación.

Juan, ya que tú te manejas en el lenguaje cinematográfico te encargas del guion. Yo me encargo de la localización de exteriores. Y coincido contigo en que mis mejores recuerdos universitarios son deportivos.

Garraty, en los institutos yanquis el héroe deportivo se queda con la jefa de las admiradoras. Os veo poco globalizados en la Ribera Alta del Xúquer.

Benji dijo...

Las Pepas comiendo pipas. Casi nada.

Bien jugado, mejor escrito.

http://www.youtube.com/watch?v=srY9mKe_KnQ

El Impenitente dijo...

Jugaste como un maestro, Benji.

Y he puesto en manos de mis abogados (de todos) la afrenta a los derechos humanos que sufrí en mis propias carnes por parte de la Marmita. No se puede censurar impunemente el "Pavo real" y luego permitir que pongáis "Oliver y Benji" y que hagáis el avioncito. Se trata sin duda de un crimen de lesa humanidad tanto la censura como el avioncito.

SisterBoy dijo...

Nosotros en el barrio organizabamos bodas, pero con anillos (de plástico), un cura (falso) y todo.

Altosybajos dijo...

Estaba esperando comentarios del mundo femenino.
Si no me equivoco no hay ningún comentario de mujer en esta entrada.
Ojo Charlie que con esta entrada estás cogiendo una deriva en tu línea editorial que te costará mucho enderezar.
A pesar de ellos comparto experiencias y consecuencias contigo.
Lo siento por Ana, pero sois así de ingratas. Jamás entenderán los que significa sudar la camiseta, oler a tigre y aun así sentirse henchido de gloria.
A estas horas ya habrás corrido en Praga y sin saber resultados estoy convencido de que puedo felicitarte.

El Impenitente dijo...

¿Y cuál era tu papel favorito en las bodas, Sisterboy?

Bueno, Altos y Bajos, no sé si tendré una línea editorial pero los tíos al final y al principio somos tíos. Y sobre Praga ya te contaré que ha sido un viaje muy interesante. Como siempre.